En Sarepta vive una viuda con su hijo. Un forastero le pidió aceite y pan. Ella le replicó que acababa de traer ese pan y ese aceite a su casa para una última comida, ya que sus provisiones se habían terminado, y no tenía más alternativa que la muerte.
El forastero, un profeta, le dijo que cociera unos panecillos, le llevase uno a él, prometiéndole que no le faltaría nunca el aceite ni el pan hasta que la lluvia hiciese reverdecer los árboles y los campos.
La Iglesia, inserta en los medios más diversos del mundo, vive un tiempo de austeridad, pero Cristo le ha prometido que nunca le faltaría ni el aceite ni el pan.
Este aceite y este pan son ofrecidos por numerosos cristianos anónimos que, por su vida y por sus obras, contribuyen a renovar la imagen que la gente tiene de la fe y de la vida cristiana.
¿Qué ofrece Sarepta a estos cristianos? La posibilidad de conocerse, de compartir sus proyectos y realizaciones, hasta que los árboles y los campos de la Iglesia vuelvan a reverdecer.